Diluvio se ha especializado en la producción de obras audiovisuales fuera de lo estándar. Joaquín Cociña y Cristóbal León, dos de sus fundadores, ven en Chile un gran espacio para experimentar y en la animación una herramienta para unir el mundo de las expresiones artísticas.

Por Francisca Herrera

“En nuestro caso, la animación es el arte donde podemos desarrollar nuestras inquietudes plásticas, literarias, musicales. Justamente aquí encontramos un espacio donde podemos experimentar con todos esos elementos, cruzarlos y hacer proyectos que creo tienen una trascendencia mediática mayor”, señala el cineasta y artista visual Cristóbal León, fundador de la productora Diluvio junto a los también artistas y realizadores Joaquín Cociña y Niles Atallah.

La dupla “León & Cociña”, formada en los pasillos de la Universidad Católica de Chile mientras estudiaban diseño y artes respectivamente, se mueve en un espacio donde el stop-motion se atreve a explorar nuevas visiones creativas, y a jugar tanto con materialidades como narrativas que llevan a sus filmes fuera de las prácticas de la producción estándar.

Provenientes del mundo de los museos y galerías, los realizadores chilenos comenzaron a trabajar juntos en 2007. Su primera exposición, en colaboración con Niles, fue una video instalación con varias pantallas, un montón de tierra, un mueble destruido y muñecos. “No habíamos pensado tanto en el formato, sólo sucedió”, reconoce Cociña.

“En nuestro trabajo estuvo esta idea de que estábamos haciendo animaciones para instalaciones y no necesariamente para cine. Un poco accidentalmente, nos involucramos más en el mundo de la pantalla y nos empezamos a convertir en cineastas”, explica León, quien también tiene estudios en UDK (Berlín) y De Ateliers (Amsterdam).

Con esta accidentalidad, los artistas de Diluvio ganaron premios y visibilidad internacional con las pesadillas hechas filme “Lucía” (2007) y “Luis” (2008); dos de sus primeros cortometrajes y video exposiciones desarrollados con stop-motion, partes de la serie “Lucía, Luis y el Lobo”. En este mismo formato desarrollaron años más tarde «Weathervane» (2010), «Los Andes» (2012), y «Der Kleinere Raum» (2010), además de la serie “El Tercer Mundo”, que consta de tres cortos que mezclan stop-motion, live-action y marionetas: “Padre. Madre” (2011), “El Arca” (2011) y “El Templo” (2011).

TODO ES EXPERIMENTAL

La animación experimental, como la búsqueda del modernismo de las bellas artes, dio sus primeros pasos entre las décadas de 1920 y 1940. Artistas abstractos estadounidenses y europeos como, Walter Ruttmann, uno de los padres del cine experimental creador de la obra “Lichtspiel Opus I” (1921); Viking Eggeling, creador la obra stop-motion “Symphonie diagonale” (1923); y Jules Engel, uno de los animadores tras Fantasía de Disney (1940); se atrevieron a jugar con nuevos conceptos de tiempo y movimiento, frame a frame. Hoy son incontables los realizadores que crean animaciones en función de la expresión del pensamiento y el sentimiento más allá de lo narrativo utilizando y creando diferentes técnicas.

Sin encerrarse en un sólo formato o descripción, “León & Cociña” apuestan por la experimentación, y son creyentes de que no existe una disciplina que deba someterse a otra. En su carrera, han decidido combinar diferentes técnicas, como fotografía, dibujo, escultura, danza y performance. Figuras en papel maché y dibujos de aspecto inocente contrastan fuertemente con temas como la religión, sexo y la muerte, que son tratados en sus filmes en stop-motion.

Entre sus principales influencias se encuentran artistas disruptivos como Jan Švankmajer, los hermanos Stephen y Timothy Quay, Yuri Norshtéin, Bruce Bickford, David Lynch y William Kentridge. También son parte de su inspiración clásicos del stop-motion que marcaron su infancia, como los especiales navideños de Rakin Bass y el microespacio televisivo creado por Vivienne Barry, “El Tata Colores”.

“Toda la animación que es medianamente interesante es experimental, porque tienes que inventar nuevas técnicas y narrativas en todo momento”, sostiene Cociña.

León indica que “a veces es más evidente en algunas ocasiones que en otras. ‘Fantasía’ es una película experimental. En cambio, uno ve desde ‘Blancanieves y los siete enanitos’ (1937), hasta Pixar como ‘el lenguaje’ de la animación. Pero fue un lenguaje que se intentó en ese momento, antes nunca había existido nada parecido a Blancanieves”.

En este mismo sentido, apuntan que, si bien la narrativa de Pixar ha sido constante, son disruptivos al momento de inventar y desarrollar nuevas herramientas para trabajar. Por su parte, George Pal, tras el programa “Puppetoons”, desarrolló una técnica de reemplazo de piezas de madera para cada frame.

Así también, los hermanos Fleischer con Betty Boop exploran elementos oscuros y luminosos con coreografías. Y Ayao Miyazaki, junto al estudio Ghibli, se salen de las narrativas tradicionales. “’Mi vecino Totoro’ no tiene villano, es una película sin antagonista, los problemas son sicológicos”, añade Cociña.

“Con la pintura es mucho más difícil porque es un arte con más de 400 años, si la pensamos como telas que son transportables. Es muy difícil innovar después de Picasso. Sin embargo, la animación tendrá unos cien años, existe harto espacio para hacer cosas nuevas”, aclara León.

Tras la experiencia que les dio “Lucía” y “Luis”, decidieron terminar la trilogía innovando con su primer el largometraje stop-motion. “La Casa Lobo” (2018) cuenta a través de un plano secuencia la historia de una joven llamada María, que se refugia en una casa en medio del bosque tras escapar de una secta inspirada en Colonia Dignidad. Se embarcaron en una producción compleja, ya que debían sostener una narrativa no convencional durante 70 minutos.

Los cineastas tenían que tomar la decisión de abandonar las exposiciones por un tiempo para producir su nueva obra audiovisual. Pero en vez de eso, decidieron construir los personajes y rodar la película frente al público, en medio de museos y galerías de Alemania, Chile, Argentina, México y Holanda.

En un principio la presencia de espectadores los distraía, tuvieron que volver a grabar varias escenas. Con el tiempo fueron adaptándose a esta experiencia. “Había gente que llegaba a ver la exposición, se quedaba mirándonos y, después de un rato, les decíamos: ‘Bueno, pasa si quieres animar’”, recuerda León, y agrega que “las manos de esas personas están en la construcción de los monos, en la pintura, yo creo que esa fue la influencia más directa”.

SER ARTISTA EN CHILE

Cristóbal y Joaquín ven en el país un gran espacio para innovar. “El rol que tenemos nosotros dentro del mundo de la animación chilena no ha sido totalmente explorado. Por eso creo que tuvimos mucha libertad para jugar, sin un prócer de la animación experimental en stop-motion chileno al cual tuviéramos que enfrentarnos. Ese espacio no se da en otros países, es maravilloso en Chile y creo que se da en muchos ámbitos”, dice León.

En este sentido, reconocen como auspicioso el panorama que existe respecto a los fondos públicos. “Uno suele pensar que en Estados Unidos está lleno de oportunidades, pero los animadores independientes no tienen ayuda del estado, solamente existe el cine de industria”, argumenta el artista, junto con asegurar que “es muy importante mantener los fondos públicos tal como están, es fundamental seguir haciendo arte en Chile considerando el apagón cultural que significó la dictadura. Hoy nos podemos sentir orgullosos del cine chileno, que produce unas cincuenta películas al año, todo producto de una política de fondos públicos sostenida durante 30 años”.

Actualmente, la dupla que forma parte de Diluvio se encuentra armando la exposición «Antología de la animación bastarda». La retrospectiva, aún con convocatoria abierta, busca reunir animaciones raras, experimentales, híbridas y accidentales de artistas chilenos o que vivan en el país.

Además, se encuentran en la producción de “Los hiperbóreos”, un largometraje basado en las excéntricas y oscuras ideas de Miguel Serrano, un poeta nazi chileno seguidor de la rama esotérica que reconocía a estos semidioses (hiperbóreos) como orígenes de la “raza aria”. El filme live action situado en el 2020, combina ciertas secuencias animadas al estilo de los efectos especiales de Ray Harryhausen, tras películas como “El gran gorila” (1949) y “Jason y los argonautas” (1963).

“Creo que en ‘La Casa Lobo’ tratamos de jugar el juego de reinventar el stop-motion, pero imaginando que no sabíamos nada de la técnica. En ‘Los hiperbóreos’ está el mismo espíritu: imaginar que en Chile hay una industria gigante de efectos especiales como la de los años 50, vamos al origen de eso para reinterpretar nuestra propia versión de la historia de los efectos especiales”, puntualiza Cociña. SM

“LA CASA LOBO” (2018)

“LUIS” (2008)

“LUCIA” (2007)

“DER KLEINERE RAUM” (2009)